En 1936, tras más de 100 años de soledad, el monstruo de Frankenstein (Christian Bale), recurre a la doctora Euphronius (Annette Bening) para que cree otro "monstruo" a partir de un muerto y calmar su angustia, en este caso, una novia, anteriormente, Aida (Jessie Buckley). Con un guion más bien irregular y confuso, la novia es descrita como un alma libre manejada por la difunta Mary Shelley, que ya antes de su fallecimiento la había poseído. Además, se ayuda de la presencia de su marido, Peter Sarsgaard y de Penélope Cruz como detectives.
Jugando con la locura que aún perduraba de los años veinte y el gótico del romanticismo, Gyllenhaal utiliza a la fallecida Mary Shelley para destacar como el poder del hombre actuó sobre la concepción de su novela. Como piedra angular de la película, Gyllenhaal destaca la influencia del hombre sobre la mujer, reimaginando a una Shelley que desde la tumba, es libre para contar la historia tal y como ella quería. Con ello, nos encontramos a una Shelley más feminista, reivindicativa, cabreada y algo grotesca que surge como un personaje de terror.
La novia se construye como la Shelley libre que no tiene miedo al poder del hombre en una época machista. Rescatando la mafia de la época, cosa que puede hacer perder calidad argumentativa en la película, la historia se construye no desde la monstruosidad que pueda tener "el monstruo de Frankenstein", si no desde la verdadera monstruosidad, la del poder del hombre sobre la mujer, la violencia de este como se detalla con el personaje de Lupino.
Con ese argumento feminista y libertario, Gyllenhaal podría haber construido una película más aceptable y entretenida, pero la directora mete el gazapo al hacer un homenaje al cine antiguo con la ayuda de su hermano Jake Gyllenhaal que, aunque supone un hilo sobre la aceptación del monstruo en la película y como él al mínimo "cariño" muestra su cara más tierna, descoloca mucho la trama. Aunque debo decir, que como fan del cine antiguo, el homenaje a Fred Astaire y Ginger Rogers, me puso los pelos de punta.
Como argumentario reivindicativo, la película es un acierto, pero pierde por tanta trama intermedia que hace que el espectador pierda el hilo de la película. En resumen, se ensucia. No sabes si es una película de mafiosos, de monstruos, un musical o un homenaje al cine en blanco y negro que toma el feminismo como bandera. Ni Jessie Buckley que vuelve a hacer una actuación fuera de serie y que para nada se ve encasillada en el papel, si no que se mimetiza y juega con él consigue que sea algo confusa.

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